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APOLOGÉTICA
ENERO - MARZO, 2005

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CONTENIDO

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La historicidad de Jesucristo
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  •     La historicidad de Jesucristo
          Nicolás Marcón (Año: 2005 - Num.: 1)   email:  print: imprimir articulo

    Historicidad de Jesús

                Existe un “síndrome” entre los cristianos, es la costumbre de no hacernos preguntas por miedo a no encontrar respuestas satisfactorias y entonces minar nuestra fe; esto ocurre por ignorancia, por falta de recursos, por temor al ridículo o por creer que así ponemos en peligro la veracidad de las Escrituras, de sus doctrinas o nuestra seguridad de salvación.

                ¿Qué responderíamos si se nos demandara razón de la historicidad de (existencia real en la historia) de Jesús? ¿Existió realmente el fundador del cristianismo? ¿Fue verdad la historia del autor y consumador de la fe?        

    Para responder estas preguntas citaremos fuentes, entendiendo éstas como “todo documento, testimonio o simple objeto que sin haber sufrido ninguna reelaboración, sirve para transmitir un conocimiento total o parcial de hechos pasados”.[1] Veamos algunos argumentos de la historicidad de Jesús.

                El primer argumento que debemos considerar es el testimonio del Nuevo Testamento (podríamos comenzar el análisis desde el Antiguo Testamento, pero con la finalidad de limitarnos a datos históricos y no predictivos, preferimos partir del Nuevo Testamento). Aunque muchos teólogos liberales lo consideran solo como un testimonio de fe, esto no significa que no pueda ser histórico.

    Por lo tanto, sin ningún tipo de prejuicios podemos reconocer al Nuevo Testamento como fuente, tanto por su antigüedad como por la armonía y concordancia entre los distintos manuscritos encontrados, los que registran y ubican histórica y geográficamente la existencia de Jesús, su nacimiento, crianza, vida, muerte y resurrección. Y no solo lo concerniente a Jesús sino además todo el ambiente político, social y religioso que giraba en torno a los judíos del primer siglo, una descripción histórica tan contextualmente desarrollada como en cualquier otra obra histórica.

                El segundo argumento es la crucifixión de Cristo. Entonces se dijo “basta que un solo hecho esté atestiguado en el Nuevo Testamento para que sea real”, ese acto fue la crucifixión de Cristo, mencionada además por el Talmud de los judíos y por el historiador Tácito. Wellhausen, padre de la Alta Crítica, afirma: “sin su muerte, Jesús, no habría sido histórico”.[2]

                Lo que significó en el momento la muerte de Jesús para los seguidores fue el fracaso de su obra; así lo entendieron hasta no verlo resucitado y entonces continuar con la misión encomendada de propagar la fe en Cristo.

    De lo antes mencionado se desprende el tercer argumento: lo que sucediera posteriormente con sus seguidores: apóstoles, discípulos y creyentes que se incorporaron posteriormente a esa forma de vida llamada “cristianismo”, la que se extiende hasta nuestros días.

    Debido a esto en el Nuevo Testamento hallamos cómo fue la vida de los testigos que cambiaron radicalmente sus destinos a partir del encuentro con aquel Jesús y entender expresiones tales como “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”, o “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo (Jesús) de vida… lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos”.

    Es el momento donde debemos preguntarnos si creyentes de los primeros siglos fueron capaces de vivir situaciones límites y aún morir solo por un invento imaginario o por un ser real, histórico, y muy cercano a ellos en cuanto al tiempo trascurrido.

                En cuarto lugar evocamos el argumento del testimonio de los historiadores (no cristianos) de los dos primeros siglos como el judío Flavio Josefo que menciona en su obra “Antigüedades de los Judíos” (18: 3, 3, párrafo 63-64; 20: 9, 1, párrafo 200) a un tal Cristo  fundador del cristianismo que vivió en su época;[3] o a los romanos Tácito (quien escribió en años del emperador  Trajano, 116-117) quien en su obra Anales 15,44 acusa a los cristianos del incendio de Roma en el 64; y Suetonio, analista de la casa imperial que a comienzos del segundo siglo a “Chrestus” como instigador de constantes disturbios.[4]

    Sin embargo sus menciones no parecen demasiadas y esto puede entenderse a la luz de la situación de la época; cuando el cristianismo se había convertido en un movimiento popular indeseado para el imperio, no se vería de buen gusto hacer énfasis en ellos.

                El último argumento que atestigua la historicidad de Jesús es el rechazo del pueblo judío. Si bien es cierto que los judíos no aceptaron a Jesús como su Mesías, ni en su tiempo ni en el nuestro, nunca pusieron en duda su existencia pero sí la atribución que a sí mismo se admitía como el Hijo de Dios. Aunque rechazaron su procedencia divina, nunca dudaron de su existencia real. 

                El primero en poner en tela de juicio la historicidad de Jesús fue Bruno Bauer hacia fines del siglo XVIII, época donde la Biblia se convirtió en el centro de ataque de las corrientes liberales y racionalistas del momento; hasta ese tiempo nadie había dudado de la existencia de Jesús.

    El interrogante surgió a partir de un concepto preestablecido: la imposibilidad de que Dios se revele. Sin embargo, cuando los cristianos nos hacemos estas preguntas buscamos, desde una actitud sincera y abierta, la verdad. Con tal criterio no debemos temer a las posibles respuestas por descubrir. Aceptar la realidad de Jesús va más allá de las evidencias de su historicidad, lo que implicará una honesta disposición a creer en Dios y en su Hijo Jesucristo.



    [1] Manuel Muñón de Lara .Por qué la Historia. Barcelona: Salvat, 1983, pág. 18

    [2] Wolfang Trilling, Jesús y los problemas de su historicidad. Barcelona: Editorial Heber, 1978, pág.55.

    [3] Pablo Hoff, Se hizo hombre.  Santiago de Chile: Difusión Cristiana, 1986, pág. 23.

    [4] Trilling, op. cit.  pág. 66-67.

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