palabra(s) a buscar
   
registrese y mantengase informado
nombre:
email:

APOLOGÉTICA
ENERO - MARZO, 2005

articulos ineditos (0) - proximos enfoques
contador: 84090 visitantes

CONTENIDO

Si Dios es bueno... ¿Por qué el sufrimiento?
Roy F. Smeya

La historicidad de Jesucristo
Nicolás Marcón

Resistir la tempestad en el mar del posmodernismo
Marta Martínez

Los títulos apócrifos: un mal de nuestro tiempo
Guillermo Landa Avilés

OTROS APORTES


COLUMNAS

Conozca los libros
Floyd Woodworth


Proximos Enfoques de CONOZCA

  •     Resistir la tempestad en el mar del posmodernismo
          Marta Martínez (Año: 2005 - Num.: 1)   email:  print: imprimir articulo

    RESISTIR LA TEMPESTAD EN EL MAR DEL POSMODERNISMO

         “Hoy día, la mayor enfermedad no es la lepra o la tuberculosis, sino la sensación de rechazo, desatención y abandono por parte de los demás”.

         Estas palabras de la madre Teresa de Calcuta encierran una verdad esencial presente en nuestra sociedad occidental. Por muchos siglos estas y otras enfermedades, aterrorizaron al mundo devorando gran parte de su población; hasta que a mediados del siglo XX la ciencia dio pasos agigantados que permitieron despojarse a la humanidad de esos temores. Sin embargo, lo que la civilización nunca imaginó, fue la llegada de un mal mayor: el posmodernismo, enfermedad que pronto se expandiría geográfica, cultural y socialmente a todo el mundo occidental.

         El modernismo, movimiento caracterizado por la búsqueda de todas las respuestas para la vida a través de la razón (siglo XVIII hasta la década del setenta del siglo XX); dejó al mundo occidental un terrible legado: la decepción y el desencanto que define a esta sociedad sumergida en el posmodernismo (cultura actual producto de la reacción contra los valores propuestos por el anterior). Como parte de esta cultura encontramos a la iglesia cristiana, que si bien es una contracultura, en muchos aspectos ha sido sacudida y afectada por la realidad en que está inmersa. Todo esto ha condicionado la obtención de su objetivo principal de predicar el evangelio a los perdidos.

         Este tiempo que se define perfectamente por “la sin razón”, el hastío, la promiscuidad moral y el relativismo, golpea con intensidad las bases de nuestra fe. El individuo forma parte de la sociedad, y desde que nace absorbe todos los elementos de la cultura que le rodean (a través de su familia, maestros, profesores, medios de comunicación, y distintas expresiones de arte). Cuando entrega su vida a Cristo, si bien recibe la salvación y comienza un proceso de conversión, éste no es instantáneo sino paulatino. El transformar su mente y estilo de vida llevará un tiempo, 2que dependerá en gran parte de su grado de entrega y búsqueda de Dios.

         Es así que en medio de este proceso, encontramos cristianos d4entro de las iglesias con importantes rasgos y conductas características del posmodernismo. Hoy día podemos sorprendernos ante el énfasis que hace nuestra juventud en el presente, la falta de visión y expectativas de futuro, sin cuestionarse ni planificar un mañana. Esta generación manifiesta una total falta de interés por alcanzar estándares mayores, y por ende, de plantearse metas para lograrlo. Tienen una evidente incapacidad para la introspección y el análisis; y una muerte del pensamiento crítico que afecta tanto a líderes cristianos como a futuros obreros del Evangelio.

         Vivimos en una sociedad afectada por la inmediatez y la simplicidad, y estos mismos conceptos se trasladan a la iglesia, donde el valor o el fin último de la vida son el placer, el individualismo y los sentimientos. Esto ha hecho que se invirtiera el orden respecto a Dios. De acuerdo a la Biblia el hombre fue creado para alabarle y agradarle. Según el posmodernismo, Dios y su Palabra están al servicio del hombre para satisfacer sus necesidades y deseos.

         Los sentimientos priman sobre la razón, y esto lo apreciamos claramente en algunos grupos pentecostales donde el único fin que se persigue a través de los cultos y búsqueda de Dios es la obtención de placer, dar rienda suelta a las emociones, y caer en  un misticismo desequilibrado, al abandonar por completo o relegar a un segundo plano la razón.

         Como resultado de las anteriores conductas, se incurre en un gran descuido de las doctrinas básicas del cristianismo, obviándolas en muchas oportunidades. Y en algunos casos se ha llegado al punto de incursionar en doctrinas propias, basadas en algún versículo de la Escritura tomado fuera de contexto, o en alguna vivencia personal experimentada con el Señor.

         Ante lo expuesto, es lógico imaginar una espiritualidad sin ética, y una conducta sin moralidad. Cualquiera que haga el más elemental análisis respecto a la forma de vida del pueblo cristiano, llegará tempranamente a la misma conclusión: individuos que profesan una fe en un Dios todopoderoso pero que viven una vida miserable, que confiesan a un Dios santo y padecen de una gran crisis de valores. Aunque resulte lamentable referirnos a este aspecto, es necesario dado que es la gran falencia que tiene la iglesia cristiana de hoy, la cual ha detenido el crecimiento de la obra.

         El gran déficit de integridad entre los cristianos, arrastró a muchos inconversos o débiles en la fe fuera de las puertas de la iglesia; quienes hoy en día sucumben entre las miserias de este mundi sin esperanza y lejos de Dios. Ocurre que el cristiano perdió la brújula de la moral, cree en la existencia de Dios y hasta lo conoce en parte, pero carece de convicciones éticas, morales y aún religiosas. Olvidó o considera de poco valor la necesidad de desarrollar un carácter conforme al de Cristo, y la búsqueda de los frutos del Espíritu Santo para su vida.

         Nuestra población cristiana, como parte de esta sociedad posmoderna, es afectada por la liberación sexual, viendo cada vez más casos en nuestras iglesias de embarazos de madres solteras, adulterio y divorcios, entre otros. Y hasta los jóvenes, fruto de esta ideología y estilo de vida, consideran el formar pareja como el mero acto de “ponerse una camisa nueva”, cambiándola cuando ya no sirve, actitud ésta que desmerece el significado profundo del amor.

         La falta de una búsqueda de santidad es alarmante, evidenciada por la actitud a la hora de servir en la iglesia (¿no sé a cuál dios?), con la única intención de satisfacer sus deseos personales y no los de Dios, quien pasa a ser una figura decorativa, casi olvidada, o de quien se tiene una vaga y lejana idea. Sorprende la falta de compromiso genuino con la obra, comprometiendo el verdadero Evangelio y sus requerimientos, por un Evangelio “light”, con demandas que cada cual adecuará a su situación particular e intereses.

         Lo antes mencionado confluye, como no podía ser de otra manera, en un concepto erróneo acerca de la persona de Jesús, del significado e importancia de los ministerios y de la iglesia como cuerpo de Cristo. Así, habrá quienes tengan el concepto equivocado de que una iglesia es un lugar donde se reúnen los cristianos semanalmente a cantar, divertirse y escuchar alguna palabra referente a la Biblia; y donde imperan la alegría, el sonido y las luces. Como contrapartida de esta escena representativa, subsiste un gran vacío, falta de comunión, de amor, y lo más importante: la falta de pasión por Cristo, por su obra y por los perdidos.

         En  medio de esta confusión dentro de la iglesia cristiana, similar a la que padeciera el pueblo de Israel dando vueltas cuarenta años en el desierto, ¿cómo podemos esperar ser luz y sal a los incrédulos si nosotros mismos no logramos encontrarnos?. Padecemos de una grave crisis de identidad por no conocer a Dios de una forma personal, y no apropiarnos de sus promesas y del lugar de autoridad que él nos ha legado como hijos.

    La desesperanza que está en la sociedad ha ganado parte de la iglesia, hizo menguar su fe y minó el poder que tiene para llevar adelante la obra.

         Ante esta inquietante realidad es necesario que el cristiano reaccione, y asuma una actitud desafiante, pero... ¿habrá alguna forma de revertir esta situación?; la respuesta eficaz a esta problemática el creyente la hallará únicamente en Dios y en su Palabra. Contamos con nuestro Gran Ayudador, el Espíritu Santo, quien nos guiará a toda verdad y nos mostrará el camino adecuado a seguir. Si pretendemos ganar esta batalla contra el posmodernismo por nuestros medios, nos aguarda una segura derrota. Pero si permitimos al Espíritu Santo obrar y traer luz a los pensamientos, nuestra manera de actuar cambiará radicalmente. Y entonces sí, una vez revertida esta realidad, seremos instrumento útil en sus manos para cumplir con el mandato: socorrer y llevar esperanza a los perdidos.

         Nuestro llamado es a ministrar a los incrédulos, de tal forma que podamos ayudarles a llenar el vacío que la decepción y el desencanto de esta sociedad posmoderna le dejaron; la desilusión por el hombre, la ciencia, el capitalismo, y otras religiones. Y a su vez compartir el mensaje inconmovible del evangelio para transmitirlo de una forma  íntegra y desafiante, conociendo el poder transformador y la repercusión que tienen sus Palabras en el ser humano.

         Isaías 55:1,3 hace una clara invitación a esta desahuciada y confundida sociedad que desesperadamente busca una respuesta a su condición:

         “¡Vengan a las aguas todos los que tengan sed! ¡Vengan a comprar y a comer los que no tengan dinero! Vengan, compren vino y leche sin pago alguno..., vengan a mí, escúchenme y vivirán”.

         Nosotros tenemos de esa agua para ofrecerles, y es nuestra responsabilidad saciar su sed mediante la Palabra, porque a eso se nos llamó. Por mucho tiempo la iglesia padeció debilidad y la gran comisión de llevar el evangelio a los incrédulos se frustró, por causa de la influencia negativa de las ideas y actitudes propias del posmodernismo presentes entre sus miembros. El énfasis en el presente, la búsqueda de placer y lo sensual, el individualismo, el descuido de la doctrina, la crisis de valores, la falta de compromiso y santidad, fueron piedras de tropiezo que impidieron el libre fluir de la predicación y la extensión de la obra. Pero es posible revertir la situación actual mediante la ayuda del Espíritu Santo y una vida de consagración y búsqueda de Dios. Si permanecemos en él y buscamos de continuo la ayuda de su Espíritu, lograremos alcanzar el objetivo propuesto de la evangelización.

         “Es bueno ser cristiano y saberlo, pero es mejor ser cristiano ¡y demostrarlo!”.

    Conozca posee la propiedad intelectual de sus artículos, toda reproducción, total o parcial podrá realizarse solicitando el permiso al Editor y citando la revista y el autor del artículo.

    Recuerde que puede consultar sobre diversos temas buscando alguna palabra relacionada que se encuentre en los artículos de la revista o en sus títulos. Asimismo puede buscar los artículos escritos por nombre o apellido del autor. Para ello, diríjase al ángulo superior derecho de la presente página.

    volver arriba