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LAS INDULGENCIAS MODERNAS
ENERO - JUNIO, 2009

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CONTENIDO

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La verdad sobre el Código Da Vinci (PRIMERA PARTE)
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La verdad sobre el Código Da Vinci (ÚLTIMA PARTE)
Osmany Cruz Ferrer

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Thelma Billings

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Thelma Billings

Felipe Billings (TERCERA PARTE)
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COLUMNAS


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  •     Felipe Billings (TERCERA PARTE)
          Thelma Billings (Año: 2009 - Num.: 1)   email:  print: imprimir articulo

    Después de todo, ¿Puedo confiar en Dios

    La disposición de detalles finales

    Tocaba la tarea de ir al departamento de Felipe para revisar sus pertenencias.  Ni mi esposo ni yo teníamos el valor de hacerlo.  De modo que nuestro hijo Jim junto con su esposa Genelle, nuestra hija Pam, y Rita fueron.  Felipe no tenía mucho y pronto se terminó la tarea.

              Cada uno escogió con cariño lo que deseaba guardar como recuerdo.  Jim descubrió una pequeña caja de plástico que contenía los papeles y documentos de importancia.  La caja revelaba una característica de mi hijo.  Era muy organizado.  Allí se encontraban constancias importantes, tales como  lo que debía, todo lo que había pagado, pólizas de seguros y otros documentos.

    Apareció un escrito que Felipe había redactado hacía muchos años.  Se trataba de una carta que fuera leída cuando él muriera.  Decía Escribo esta carta a esas personas a quienes no he tenido la oportunidad de testificar acerca de Jesucristo.  Quisiera que supieran que pueden tener una relación personal con él si entregan su vida a él y le dan el primer lugar.  Luego cita Juan 3:16:  Porque de tal manera Dios amó al mundo que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.    Explicó que esta clase de vida sería desafiante.  No sucederá por su propia cuenta, ni se hará con mucha comodidad ni un camino fácil a tomar, pero sí traerá una grandísima recompensa.

              Conmovidos por esa carta, sabíamos que había que hacer algo más.  El capellán Braswell sugirió que tal vez podríamos escribir algo sobre la vida de Felipe.  Mi esposo escribió un folleto sobre la vida breve de nuestro hijo.  Describe cómo vivió y murió.  Cuenta de su deseo de hablar a otros acerca de esta relación personal que se puede tener con Cristo.  Hemos compartido el folleto con millares, especialmente con los agentes de policía.  Esto ha llegado a ser una puerta abierta con los agentes de policía dondequiera que vayamos.

              Se fueron nuestra hija y Rita.  Nuestro hijo y nuera se quedaron para terminar con asuntos pendientes aún.  Agradecemos eternamente todas las llamadas telefónicas  que hemos recibido como también las cartas que fueron enviadas.  Sirvieron para suavizar nuestras cargas.

     Se terminó la investigación por los encargados del orden público.  Desde la jefatura del alguacil llamaron para que fuéramos a recibir todo lo que estaba en la persona de Felipe aquella mañana del 6 de abril.  Todos fuimos.  Nos llevaron a un cuarto donde se habían reunido el alguacil  y otros detectives que habían trabajado en la investigación del incidente.  Trajeron dos bolsas de papel que contenían las pertenencias de nuestro hijo, junto con todo y su pistola.  Comenzaron a poner todo en la mesa.  Él había tenido en el bolsillo dinero en  efectivo en la cantidad de $3.30, unos chicles, su licencia de conducir, su chapa, las llaves del coche y una lonchera.  Un detective vio un cheque doblado.  Abriéndolo dijo, Él debiera haber pensado hacer una donación a la iglesia.  Lo miré y en seguida me di cuenta que no se trataba de una donación cualquiera, sino de sus diezmos del mes de marzo.  Como había planeado asistir a la iglesia aquella mañana, iba a darlo en la ofrenda.  Mientras allí estaba sentada mirando los efectos que representaban a mi hijo como si fueran la suma total de su vida, di vuelta a mi esposo y le dije, Este muchacho no tenía nada.  Él respondió rápidamente, No, ¡él tenía todo!

    Destrozado el carro de Felipe

              Felipe había comprado su vehículo de segunda mano, un Mazda 626 que estaba en excelentes condiciones.  Yo no podía pasar el dolor de que se vendiera.  Así fue que asumimos las letras mensuales de pago y lo registramos a nuestro nombre.  Ese auto llegó a ser el coche mío.  Lo podía usar en los quehaceres diarios.  Cada vez que lo miraba, a Felipe veía.

              La oficina  donde trabajamos queda a unas diez millas de nuestra casa.  De modo que en vez de acompañar a mi esposo, podía levantarme más tarde.  Me quedaba difícil  levantarme cada día.  Con todo, mi trabajo había llegado a ser mi salvación ya que para ir a la oficina, lógicamente había que levantarme de la cama.

              Una de esas mañanas, viajaba por una avenida principal en Fort Lauderdale, Florida.  Me acercaba con velocidad a una intersección.  El semáforo daba la luz verde, pero vi que el carro delante de mi se había detenido.  De pronto frené y paró mi vehículo antes de chocar con el que estaba detenido.  El vehículo que me seguía atrás se paró con las llantas chillando, pero el auto detrás de él no pudo parar.  Como consecuencia chocó con el que estaba detrás de mi, lo cual causó una reacción en cadena.  Resultó un accidente de cuatro vehículos.  Mi auto, el de Felipe, quedó hecho un desastre.  La capota estaba doblada, el parachoques trasero  se colgaba hacia un extremo.

              Busqué mi teléfono celular y oprimí el código 911.  Mis manos comenzaron a temblar y no podía marcar el número de mi esposo en el trabajo.  La señora que manejaba el auto delante de mi hizo la llamada.  Pronto llegó un policía.  Nos hizo poner los coches a un lado de la vía.  Me sentía malísima mirando el automóvil de Felipe.

              Mi esposo llegó.  Procuró tranquilizarme.  Dijo que le parecía que podríamos repararlo ya que el motor no parecía haber sufrido daños.  Por una hora y media estuvimos sin hacer nada el policía y los implicados en el accidente.

    Mientras miraba yo el carro, vino a mi mente el canto que dice  Tú eres mi todo en todo.  La letra del canto dice Si me rindiera sería un tonto, tú eres mi todo en todo.  Se me repetía vez tras vez.  Aunque parezca extraño, allí oía un canto en mi corazón que venía del corazón de Dios.

    No hacía falta llamar una ambulancia; sin embargo, mi cuello comenzó a dolerme casi en seguida debido al latigazo severo del choque.  El policía llamó un remolcador para nosotros.  Pronto el vehículo averiado estaba colocado en el remolcador con las ruedas delanteras elevadas y las traseras en el suelo.  El taller donde iban a llevar mi coche quedaba a solo unas pocas millas.  Así fue que nos pusimos a seguir la marcha detrás del remolcador.   Mientras nos acercábamos al taller, un camión cargado de metales y maquinaria se metió entre nosotros y el coche que se remolcaba.  Habíamos llegado casi.  Faltaba una cuadra más para llegar al taller.  Sin embargo, entre nosotros y el taller estaba un semáforo que estaba en rojo.  El remolcador se detuvo, pero el chofer del camión se había distraído por un momento y no frenó.  El camión pesado chocó con mi coche accidentado y lo destruyó  totalmente.  No salí de nuestro carro en seguida porque sabía lo que encontraría.  Al rato caminé hasta el coche de Felipe. Lo único que podía hacer era llorar.  Todos los faros fueron rotos.  El parabrisas trasero se hizo pedazos.  La cajuela y capota estaban arrugadas.  El chasis quedó torcido&un desastre total.  Lo que yo pensaba que se podría reparar  ya no tenía tal posibilidad de ninguna manera.  Yo había perdido a Felipe, y ahora perdí su automóvil.  No había solicitado nada de esto.  No creía

    haberlo merecido.Me enojé con Dios.   

    El valle de depresión

              La vida tomó una vuelta drástica para mí.  No puedo explicar de manera exacta todo lo que me sucedió por dentro.  Sólo puedo decir que en ese momento sentía que me caía en un espiral hacia abajo.  Me giraba fuera de control hacia un mundo que desconocía.  Me hallaba en una depresión más dolorosa y omnipresente que jamás había experimentado.  Hasta aquel momento había sentido los brazos fuertes de Dios que me sostenían.  Pero luego me llegó  una sensación de que Dios me había suelto, dejándome así caer sobre mis propios pies.

              Paró la música en mi ser y en mi estado lisiado comencé a tambalearme sin importarme la existencia diaria.  Las sensaciones de ansiedad me consumían.  Anhelaba poder dejar esta vida detrás e ir para estar con mi hijo.

              Jim y yo salimos por un mes de vacaciones.  Fuimos a California para visitar a nuestra familia y para tener un cambio de paisaje.  En el viaje de vuelta a la Florida era necesario hacer escala en el aeropuerto de Dallas/Fort Worth.  Llegó la hora de volver a abordar el avión para continuar el viaje a casa.  Muchos pasajeros ya habían llegado, pero había que esperar que los demás llegaran y subieran para el despeje.  Hacía calor.  Mientras me sentaba allí, sentía deseos de estar en otro lugar.  El nivel de mi ansiedad empezó a levantarse en ondas cada vez más altas.  Se cerraron las puertas y empezamos a salir de la terminal para la continuación del vuelo cuando mi corazón comenzó a palpitar fuertemente.  Di vuelta a mi esposo y le dije: No puedo hacer esto.  Caí en un estado de pánico y parecía que el corazón me traicionaba.  Jim apretó el botón llamador.  El avión se detuvo.  Pronto me hallaba conectada  a los alambres de los paramédicos para revelar la situación del corazón.  Me avergonzaba, mientras me sacaban del avión.

              Una vez afuera, los nervios empezaron a calmarse.  Sin embargo, el corazón en breve comenzó a palpitar de nuevo.  Las sensaciones extrañas volvieron.  La vida adquiría un significado distinto ahora que mi mundo cambiaba de momento a momento.  Me llevaron a un hospital en una ambulancia.  Seguí experimentando latidos más rápidos del corazón mientras íbamos a la sala de emergencia.  El médico, después de examinarme, no encontró nada grave.  El problema era mi propia tensión y ansiedad.  Ésta sería la primera de cuatro visitas a la sala de emergencia.

              La vida no se mejoraba para mí.  Tenía que hacer el intento de vivir una hora a la vez.  Entonces llegó a ser un día a la vez.  Al llegar la noche, me acostaba para olvidarme de la vida, gracias a la ayuda de pastillas para dormir.  Al próximo día el ciclo empezaba de nuevo.

              Durante aquella época de pena y dolor, nació nuestro segundo nieto.  Su papá y mamá habían decidido ponerle el nombre Zackary James.  Pero después de todo lo que había sucedido, decidieron que debe llevar el nombre de Zackary Felipe, como el nombre de su tío.  Un día llegó entre la correspondencia que trajo el cartero, una tarjeta de felicitación del capellán Rick Braswell.   La tarjeta daba el significado cristiano del nombre Zackary.  Dios ha recordado.  

              ¡Qué maravilloso!  Nuestro Padre divino y cariñoso nos recordó una vez más que no se había olvidado de nosotros.  Estábamos de veras en su corazón y mente.  ¡Nuestro Dios mismo nos recordaba!

              Aunque hacía tiempo que me había propuesto volver a la oficina dos semanas después del fallecimiento de Felipe, y me había dado cuenta que el trabajo me servía de distracción, pronto me encontraba en la luna.  No podía concentrarme en lo que hacía.  Mi corazón quebrantado se negaba sanarse.  Hice visitas de larga duración a la sala de emergencia por los ataques de ansiedad.

              El médico me había recomendado tomar antidepresivos junto con Lorazepam, una droga adictiva, para poder ordenar pronto las emociones.  Al paso de los días, me convencí que llegaría a quedar dependiente de la droga a pesar de que me ayudaba.  También llegué a convencerme que jamás llegaría a estar normal. FINALIZA EN LA PRÓXIMA PARTE

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