Soñé un mundo donde la Teología,
una señora que camina altiva del brazo de los entendidos,
se despojó de su cordura para enamorarse
de los simples.
Me encontré en un mundo donde los rótulos de las denominaciones
se desprendían por el temblor que produjo el abrazo
de dos hermanos que decidieron experimentar
con el amor de Cristo.
Soñé un lugar donde los científicos
se dedicaban a explorar las profundidades del corazón
para extraer flores, las más bellas,
que se usaban para fabricar un perfume llamado Alabanza
para el Señor.
Soñé que el hombre estaba contento siendo hombre,
y dejaba de buscar en el Universo
una ventana abierta para invadir un reino
que no le pertenece.
Luego vi un gran borrador para las fronteras,
soldados luchando de rodillas,
y un lenguaje universal
para todos los pueblos. Percibí en mis fantasías a jóvenes
entonando cánticos de gloria
en lugar de estridentes narcóticos musicales.
Vi que el hierro de los fusiles
se fundía para construir
juguetes.
Soñé que los tanques, mensajeros de la muerte,
se convertían en miles de libros para niños,
en miles de panes
para los hambrientos.
¡Y esto es lo más hermoso!
Soñé que mi sueño
se hacía realidad
y que todos los soñadores
lo festejaban.