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CORRIENTES TEOLÓGICAS
ENERO - MARZO, 1987

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CONTENIDO

Teólogos fáciles, teólogos parciales
Floyd Woodworth

La confesión positiva
Presbiterio General de las Asambleas de Dios en EE.UU.

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Ricardo Navarro S.

El Espíritu Santo y las Escrituras
Maximiliano Gallardo P.

ISUM en México
Gabriel Góngora G.

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Aristóbulo Garzón

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COLUMNAS

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M. David Grams

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Floyd Woodworth


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  •     Teólogos fáciles, teólogos parciales
          Floyd Woodworth (Año: 1987 - Num.: 1)   email:  print: imprimir articulo

    Más de una escuela bíblica, motivada por la pretensión de ganar prestigio, ha querido cambiar su nombre para que figure como escuela de teología. Parecería que más vale ser teológico que ser bíblico. Cuando la escuela era instituto bíblico los estudiantes a veces ni estudiaban Biblia. ¿Y ahora? Con un cambio de nombre, ¿seguirán iguales las costumbres de estudiar con todo?

    “Que el profe nos dicte las preguntas con sus respuestas.”

    “Somos pobres. No podemos comprar libros.”

    “Esos libros no se consiguen.”

    “Que nos indique el profe cómo será el examen para sacar buenas notas.”

    “Queremos un cartón bonito.”

    Tales alumnos se quejan cuando el guía de la clase les asigna un deber que les obligue a escudriñar un texto. Una tarea que exija sacar todas las enseñanzas de la Biblia o de un autor acerca de un tema los pone de mal humor. No se les puede llamar estudiantes bíblicos ni teológicos. Mas bien son repetidores de preguntas y respuestas, por no llamarlos loros.

    Teólogos, ¡sí! Teólogos fáciles, ¡no! Si se va a estudiar Biblia lo mismo que si se va a estudiar teología, hay que estudiar. Define el Pequeño Larousse ilustrado la voz “estudiar” de esta manera: “Trabajar para aprender las letras, una ciencia o arte. Procurar comprender. Observar con cuidado.” No concibo cómo esto se pudiera realizar si el profesor dicta fragmentos de comentarios con el fin de que la clase los escriba. De esta manera se pueden pasar horas interminables para proporcionar al alumno una miseria de conocimientos (en lo que respecta a la cantidad total de ideas). La teología es tan extensa, la Biblia tan profunda que habrá que encontrar técnicas que de veras adiestren al alumno para observar, aprender, interpretar, comprender todo el consejo de Dios.

    Teólogos, ¡sin faltar! Teólogos inestables, ¡no! Durante los últimos cuatro lustros han surgido una variedad asombrosa de corrientes doctrinales. Muchos han sido “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina”. No han sabido estudiar. Es que no hemos puesto énfasis sobre la necesidad de adiestrar a cada creyente a estudiar, a comparar, a conocer todo lo que enseña la Palabra de Dios.

    Teólogos, ¡ya lo creo! Pero teólogos llevados por pura lógica humana no. Desear ser teólogos no tiene nada de malo con tal de que se entienda que se trata de teólogos bíblicos y que eso implica toda la Biblia. La teología bíblica no se basa en pasajes afines a cierta idea que nos llame la atención en el momento, o que apoye nuestros propios intereses. Ser teólogos sin ser bíblicos es muy posible, pero fatal. Estudiar la persona de Dios sin tomar en cuenta su revelación sería el colmo de absurdos. Los diplomáticos que van a entrar en negociaciones grandes con el país opositor, van a estudiar todo lo que ha escrito y declarado el que dirige la comisión diplomática de los contrincantes. Hay que saber cada detalle de su vida, de su personalidad, de su filosofía, de su estilo administrativo.

    Y así es en nuestras relaciones con la Eminencia eterna que ha hecho declaraciones de sus propósitos, de sus sentimientos y de su manera de proceder. Ha hecho muchas promesas. Si para nosotros es cuestión de vida o muerte, si nos conviene arreglarnos con esta persona y satisfacerla a lo sumo, debemos prestar cuidadosa atención a todo lo que ha dicho, no solamente a las partes que personalmente nos entusiasmen.

    Teólogos, ¡por supuesto! La hora demanda nada menos. Pero basemos nuestras investigaciones en toda la revelación de Dios. Cavemos en lo hondo de su Palabra. No seamos llevados fácilmente por cualquier sensacionalismo del momento.

    Bien dice la antropología que lo que cree un pueblo determinará sus valores y que estos, a su vez, dictarán el comportamiento de la gente. Nuestra cosmovisión tiene que estar alineada con lo que dice Dios, ya que al fin y al cabo determinará nuestra manera de ser lo mismo que afectará nuestro destino.

    Hasta tienen importancia las implicaciones de lo que se cree. Tenemos (que aprender a jerarquizar nuestras doctrinas. ¿Qué es más importante: la soberanía de Dios o mi fe? Por ejemplo, la letra de un coro muy bonito dice que la “fe mueve la mano de Dios”. No discuto la necesidad de estimular la fe en cada creyente, pero no permitamos que ese entusiasmo nos arrastre al extremo “de pensar que nuestra fe es lo que decreta lo que ha de ser. Lo único que queda para Dios en tal circunstancia sería que se pusiera a servir como nuestro mandadero, que ejecute Él la expresión de nuestro deseo del momento. Tal implicación llega a ser completamente incompatible con el hecho de la soberanía de Dios. En la escala de jerarquía, Dios manda, nosotros no, ni tampoco nuestra fe. No puedo permitir que mi fe usurpe el rango del Ser Supremo. Y por lo consiguiente debo cambiar la letra de ese coro para que no quede implicada que mi fe es el agente controlador del Dios soberano y omnipotente. Otro ejemplo. En un libro escrito por un pastor bien conocido, se nos aconseja que uno mismo produzca la presencia de Cristo. Dice que los creyentes tienen la responsabilidad de “crear la presencia de Jesús dondequiera que vayan”. Tengo grandes problemas con esto. Primero, que lógicamente no se puede crear una presencia. Si uno aparece en un salón, está presente. Si se va, ya no está su presencia. No se puede armar, ensamblar, ni fabricar la presencia de una persona.

    En segundo lugar, no tengo necesidad de crear la presencia de Cristo ya que veo en la Biblia que está, o sea, su presencia está, en todas partes.

    Tal vez haría falta darme cuenta de su presencia, o llamar la atención a otros al hecho, pero, ¿crear su presencia? Tal idea choca con el sentido del vocablo “presencia” a la vez que contradice lo que enseñan las Escrituras; desmiente la omnipresencia de Cristo. Teólogos, ¡absolutamente! Pero teólogos parciales o fáciles, ¡nunca!

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