El afiche me llamó poderosamente la atención. Con vivos colores presentaba la meta para todo un año de actividades de las Asambleas de Dios de aquel país centroamericano. Después de instar a cada creyente a ganar a otro nuevo y a cada iglesia a abrir una obra nueva, siguió el reto con: CADA PASTOR, UN OBRERO NUEVO.
¡El número de siervos de Dios duplicado en un solo año! Parecería una respuesta directa a las oraciones que nuestro Señor Jesucristo nos mandó hacer: Rogad, pues al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies (Mateo 9:38).
Faltan obreros. Pero faltan obreros que, al lado de un ministro de experiencia, se preparen para un ministerio pleno que les permita llegar al máximo de sus posibilidades. Es hora de preocuparnos seriamente por el futuro liderazgo de la obra de Dios en todo el continente.
Hace un par de meses escuché al rector de un seminario comenzar su predicación con esta asombrosa declaración: La organización que no hace provisión para la preparación de líderes está a una sola generación de la extinción. ¡Cosa seria!
El líder (pastor, director, presidente, o superintendente) que sigue manteniendo el control de su organización en forma autocrática a lo largo la daña irreparablemente. Cuántas veces hemos observado con mucha pena el tambaleo de la obra durante el período desastroso de transición cuando algún jefe máximo ha fallado o fallecido y la obra ha quedado prácticamente acéfala durante caóticos meses o aun años.
Faltan Timoteos, Titos, Priscilas, Febes, Tlquicos y Epafroditos. ¿Dónde están? En las iglesias locales, en los institutos bíblicos, buscando a Dios con fervor. A nuestro lado están. Su gran deseo es servir al Señor. Su gran necesidad es hallar lugar y tener oportunidad para desarrollar su propio ministerio.
Lo que en verdad falta, entonces, es un Bernabé que busca a su Saulo de Tarso para darle lugar a su lado frente a las demandas de la obra en su Antioquía o un Pablo que no hace la obra en forma solitaria sino que siempre tiene a su lado al joven obrero.
El sistema paulino encierra enormes posibilidades. El apóstol nos revela su secreto: Lo que has oído de mí... esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros (2 Timoteo 2:2). CADA MINISTRO, UN OBRERO NUEVO. Una cadena humana que multiplica mil veces el ministerio y su influencia.
Es hermoso el sistema, pero el proceso es costoso. Primero, el líder tiene que olvidarse de su complejo de indispensabilidad. La vida del sano y fuerte es demasiado pasajera. Ninguno de nosotros es dueño del puesto que ocupa. El hecho de haber desempeñado con eficiencia nuestras responsabilidades no nos garantiza perpetuidad en el puesto. Es muy posible que Dios quiera preparar a otro para seguir adelante con ese ministerio, y aun quiera tener nuestra colaboración en esa preparación.
¿Una locura? Al contrario, es sabiduría.
Para lograr éxito en tan necesaria tarea, hay que dar lugar al elemento joven. Como la planta no puede crecer sin aire, luz y espacio, tampoco puede desarrollar su ministerio el líder en potencia sin gozar de la oportunidad de ganar experiencia.
Al dar sus primeros pasos en el ministerio, un Saulo de Tarso necesita la paciencia y bondad de su Bernabé: Varón bueno, lleno del Espíritu Santo... hijo de consolación. Creo que es por eso mismo que ese Saulo más tarde tenga la paciencia de compartir su apostolado con líderes en potencia.
Nuestro Timoteo tiene que gozar de nuestra confianza. Solo en ese ambiente podrá crecer. Tenemos que saber delegarle con toda seriedad responsabilidades con el respectivo grado de autoridad.
El ejemplo de Pablo nos proporciona un último factor de suma importancia en el proceso. Demostrando su profundo afecto, le escribe a Timoteo estas palabras: ...sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día (2 Timoteo 1:3). Nuestra intercesión diaria a favor del joven compañero de filas servirá de poderosa ayuda en su desarrollo ministerial.
¿Dónde está nuestro Timoteo personal? Estamos en umbrales de otro año nuevo. Bien podría ser el último para nuestra vida y ministerio. Sólo Dios sabe. ¿Qué tal sería determinar con firmeza incorporarnos a ese lema hermoso: CADA MINISTRO, UN OBRERO NUEVO. Inolvidablemente productivo será el año 1987 si así lo hacemos.