Los creyentes de la línea pentecostal somos personas muy singulares cuando tratamos de adorar a Dios en nuestros cultos. Entonamos nuestros cánticos rimbombantemente. Adoptamos diferentes posturas: sentados, arrodillados o de pie. Cuando nos dirigimos al Señor en oración, hablamos en lenguas, profetizamos y nos edificamos, llenos del Espíritu Santo.
Estas características tan peculiares nos distinguen de las demás congregaciones denominacionales tradicionales, las cuales nos ven con cierta especie de recelo, prudencia y escepticismo, formándose una imagen de extravagancia pentecostal. Sin embargo, aquella imagen negativa pronto se va despejando cuando el Espíritu Santo nos usa como instrumentos para manifestar sanidad divina, milagros o cualquier otro don al que el entendimiento humano es incapaz de dar crédito.
Si bien es cierto que en el terreno espiritual nos doblegamos fácilmente para adorar a Dios, no estamos dispuestos de la misma manera a avanzar en el crecimiento y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. En los campos de la teología, ética cristiana y hermenéutica, ocurre igual actitud, por considerarlos métodos humanos.
La Biblia nos dice que todos los propósitos de Dios son integrales, completos, así por ejemplo:
* En cuanto a la salvación, redime al individuo en toda su dimensión: cuerpo, alma y espíritu.
* En cuanto a sus bendiciones, involucra todo nuestro ser: material, física y espiritualmente.
* En cuanto a la adoración, exige que el creyente lo adore sin mezquinar ninguna parte de su personalidad intelectual, sentimental y volitiva.
Los pentecostales soslayamos el elemento intelectual y nos sumergimos en los elementos emotivo y volitivo, restando poca importancia a la verdadera adoración que Dios exige de sus hijos, creando dificultades en el desarrollo de su obra.
El pastor es un tipo dócil y ferviente en el Espíritu del Señor. Sin embargo, en algunas de sus charlas o prédicas en la congregación, pone en evidencia fallas hermenéuticas en la aplicación de las Escrituras.
Esto se debe a la ignorancia de los principios de la hermenéutica y a la desidia en conocerlos, como también al gran énfasis puesto en la experiencia religiosa. De esto se derivan faltas de interpretación de las Escrituras. Se deja una hendidura por donde se filtran otras corrientes teológicas y hasta prejuicios religiosos que hacen tanto daño a la fe cristiana.
Nuestro concepto de la presencia divina.
Las Escrituras nos dicen que en el Antiguo Testamento la presencia de Dios se manifestaba en el templo judío, específicamente en el lugar santísimo. Por esta razón el judío reconocía la estancia de Dios en el templo, lo que lo motivaba para llamarlo casa de Jehová (1 Crónicas 29:1; 2 Crónicas 7:1.)
En el Nuevo Testamento la presencia de Dios sufre un cambio substancial si lo analizamos exegéticamente:
* En el diálogo con la mujer samaritana, Jesús recalca que la adoración a Dios no estaría monopolizada por ningún lugar, territorio o persona.
* En el Nuevo Testamento no encontramos la frase casa de Dios para referirse a que la presencia de Dios estuviera circunscrita a un edificio de cuatro paredes.
* Jesús señala que la presencia de Dios va a darse en forma singular. Cuando Él ascendiera al cielo, el Consolador, el Espíritu Santo, vendría a morar en el creyente.
Es frecuente escuchar a la comunidad decir vamos a la casa de Dios para indicar el lugar donde nos congregamos para adorar a Dios. Con la mentalidad judía asiste a las reuniones de la iglesia, pensando que el Señor está allí.
Debemos entender que la Biblia dice en el Antiguo Testamento que la presencia de Dios se manifestaba en el templo judío (Lugar Santísimo). No se manifestaba en forma singular en las personas como lo hace ahora en la era de la gracia.
Relacionar nuestros centros de adoración con el templo judío no es exegético. Dios se manifiesta en todo lugar donde dos o tres se congregan en su nombre. No mora en casa construida por hombres, sino en el corazón del creyente convertido por el Espíritu Santo.
La letra de algunos cánticos revela el mismo problema doctrinal. Tomemos como ejemplos los himnos y coros que nos inducen a pedir que el Espíritu Santo baje del cielo, que venga a nosotros, que nos dé poder. Si estos cánticos los entonaran personas inconversas, estaría bien encuadrado, porque ellos no tienen ni conocen la experiencia del Espíritu Santo. ¡Pero los cantan creyentes que han recibido el Espíritu de Dios! Él está presente ya.
El apóstol Pablo, como los demás escritores del Nuevo Testamento, nos dice mucho acerca de la relación del Espíritu con la comunidad de creyentes y su actividad entre ellos:
* Que Dios da el Espíritu. (Romanos 8:9.)
* Que el Espíritu Santo de Dios mora en nosotros y nos considera templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19).
* Que el Espíritu Santo que mora en nosotros, es las arras de nuestra herencia. (2 Corintios 1:22; 5:5; Efesios 1:14.)
Nuestro concepto de la base de la salvación
Otro tema que interesa definir en el contexto pentecostal es si el creyente convertido nominal no‑ tiene su salvación asegurada por la fe en Cristo, o está condicionada a su fidelidad y a sus buenas obras.
Entre nosotros no existe un consenso definido sobre esta situación. La mayoría de pastores con quienes he dialogado sobre este asunto, expresa, en un 70%, que la salvación del creyente está basada en su fidelidad y buenas obras; de lo contrario la persona puede caer de la gracia y perderla definitivamente. Este tema, que trae cierta confusión y polémica, tiene mucha trascendencia en la vida cristiana. Myer Pearlman, en su Teología bíblica y sistemática, enseña que la salvación del creyente está asegurada en Cristo Jesús.
El Nuevo Testamento nos enseña con respecto a una seguridad eterna asegurándonos que, a pesar de las debilidades, imperfecciones, desventajas o dificultades externas, el creyente puede descansar seguro y victorioso en Cristo Jesús (página 309).
Es hora de que pongamos más atención a la totalidad de la teología. Hay que disipar la confusión que nos hace mal. Es causada por nuestro énfasis exagerado sobre algunos aspectos de la doctrina, mientras pasamos por alto otros aspectos.
Avancemos en el crecimiento y conocimiento de la teología, la ética cristiana y la hermenéutica.