¿El Reino ya presente?    
Por Enrique González V. - Para mas articulos como este: www.Conozca.org


DISFRUTÉ CUANDO ADOLESCENTE una novela titulada Las llaves del reino, de A. J. Cronin. No dudaría en recomendar su lectura particularmente a jóvenes ministros en la búsqueda y formación de su espiritualidad y valores fundamentales. No por corresponder a una matriz teológica y tradición religiosa católicas perdería su valor aun más allá de lo literario. En ella están presentes primordialmente dos concepciones acerca del reino que se encuentran en conflicto aparente a través de los dos sacerdotes que la protagonizan. La primera, inescapable, lo conceptúa como un total ahora por virtud de la Iglesia misma, postura agustiniana. La otra es la que preconizaron las órdenes monásticas del iluminismo medieval, magistralmente representado por Francisco de Asís. El dilema planteado es hasta dónde realmente, sin incoherencias doctrinales, pueden sostenerse dos visiones concomitantes del reino, a pesar de ser, si no mutuamente excluyentes, sí por lo menos adversas o antagónicas en su perspectiva.

El connotado escritor Howard Snyder nos presenta en su excelente artículo Modelos del reino, una avanzada aunque no precisamente exhaustiva diversidad de desarrollos conceptuales relativos al reino de Dios, que no es distinto al reino de los cielos o simplemente el reino, según el teólogo Frank Stagg. Partiendo de la futuridad paulina de aquel día, 2ª Timoteo 1:12,18, se originó en la iglesia una versión teológica incipiente, incluyendo los elementos de juicio y reconciliación, que fue la más asumida durante los dos primeros siglos. Luego ya en la Edad Media se observa un concepto mucho más espiritualista, individualista que enfatizaba en la experiencia mística una llamada visión beatífica, la que no es otra cosa en el decir de los románticos españoles (Calderón de la Barca, 1600-1681) que perderse en Jesús, entre cuyos más clásicos ejemplares sin duda habría que referir a Teresa de Ávila, quien hablaba de un castillo interior. (Ávila es hasta hoy una ciudad caracterizada por sus murallas y castillos medievales, patrimonio de la humanidad).

Menciona también una variante de esta última concepción, el reino como comunión mística, la comunión de los santos. y entre tales santos, los de ayer y los de hoy, los del cielo y los que están en la tierra todavía. Trasciende así tiempo y espacio en el cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia verdadera, ya militante ya triunfante. Su énfasis es por lo tanto celestial y no terreno. Aunque tiene representantes medievales, como Juan Damasceno (675-745), se corresponde ya en tiempos de la Reforma con la espiritualidad puritana y después con los movimientos de avivamiento y santidad en los Estados Unidos. Se trata por cierto de un enfoque contrastante con la teología de Agustín, quien en su Ciudad de Dios, siglo IV (350-430), hace coincidir como hemos dicho el concepto de reino en la tierra con la Iglesia misma. Vino a ser la idea dominante durante toda la Edad Media, hasta la eclosión luterana en el cristianismo de occidente (catolicismo). Ésta es la más prístina y eventualmente extrema versión del llamado reino presente o reino ahora.

Pasa revista también Snyder a las posturas relativas al reino denominadas el Reino Subversivo que lo concibe como contrasistema, una protesta contra todas las desviaciones o vicios, existentes o supuestos, en la sociedad contemporánea. También es presente pero típicamente violenta por aquello de que los violentos lo arrebatan, Mateo 11:12. Halla sus exponentes en personajes como Francisco de Asís, los anabautistas y el pentecostalismo.

Otra que llama el Reino Teocrático, al estilo del bizantinismo de Justiniano (483-565). Más apelativamente para nosotros, que pertenecemos al ala protestante, coincide con la sociedad bajo el poder eclesiástico de la Ginebra de Calvino, que también es una visión del reino aquí y ahora. Lo concibe como el instrumento de Dios, usando la fraseología baezcamarguista, para leudar la masa de la sociedad con fermentos cristianos. Ve el reino viniendo de continuo en este orden de cosas mediante la acción humana, tanto social como cultural y espiritual, cooperando con la acción de Dios. Es el caso del postmilenarismo, del denominado evangelio social, así como de la teología de la liberación y su guerrilla “cristiana”.

Finalmente se alude al Reino Utópico en el que el hombre responde a las inexorables fuerzas de la historia para construir el cielo en la tierra: la paz, la justicia y la prosperidad terrenales exclusivamente a través de la acción humana. Nos hemos movido entonces, si lo observamos, de un extremo a otro, tocando disímbolas posiciones intermedias. Desde una concepción que no es puramente bíblica hasta otra que de plano no tiene ningún sustento en la Escritura.

Lo interesante de estudiar estos diferentes modelos consiste justamente en visualizar que el misterio del reino, Marcos 4:11, lo es tal precisamente porque nos fue revelado por Dios. Y porque tiene elementos constituyentes que en su perspectiva teológica se mantienen en tensión sin rendirse jamás a nuestra comprensión humana. Así podemos entender la coexistencia posible y real de aquella aparente contradicción planteada en la introducción de nuestra reflexión como agustinianismo versus iluminismo medieval.

El pentecostalismo mismo tiene contacto indiscutiblemente, en mayor o menor grado, dependiendo de su momento histórico, con los modelos del reino espiritualista, el de la comunión mística y el subversivo, y por supuesto, desde su origen con el cataclísmico inminente. El primero de estos aspectos es más futurista; el último más actualista o intramundano.

Los aspectos futuros del reino en la Escritura son incuestionables: Isaías 2:4; 9:5; 11:6-10; Mateo 6:10; 2ª Timoteo 4:18. ¿Pero acaso no lo son lo mismo aquellos que misteriosamente operan ya en el mundo desde que Cristo irrumpió en la historia, Mateo 12:28; Lucas 17:21: Marcos 1:15?

Una sana teología acerca del reino mantendrá la sana e indispensable tensión del misterio entre lo presente y lo futuro, lo individual y lo social, lo celestial y lo terrenal, lo gradual y lo cataclísmico, la acción divina y la humana. Cualquier extremo asumido con exclusión de su contraparte seguramente no es un misterio, y seguramente tampoco es fiel a la revelación.

El reino está en nosotros, Lucas 17:21, pero aun espera su consumación, Lucas 22:18. Se manifiesta hoy visiblemente por señales, Lucas 11:20, pero aún está escondido, hasta que toda la tierra sea llena de la gloria de Jehová como las aguas cubren el mar, Isaías:11:9.

Veinte siglos pasaron ya y la historia se precipita a su culminación en Cristo, Apocalipsis 11:15, cuando se hará realidad nuestro ruego, Mateo 6:10, y el anhelo del Señor, Mateo 26:29. Entre tanto nos mantendremos comprometidos y expectantes, sirviendo a sus propósitos y en espera de aquel día, rogando como nos enseñó nuestro Maestro. Rubén Darío puso en los labios del santo que enfrentó al terrible lobo de Gubia, aquella oración llevada por el monte en las alas del viento:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga a nos tu reino...

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