|
Manifestaciones pentecostales heterodoxas |
|
|
LA ESPERANZA EN la parousía (venida) de Jesucristo alienta nuestra fe y nos llama a esforzarnos en la tarea de predicar. Pero no nos manda a hacer una predicación sujeta a las variaciones de las modas teológicas, sino de una que se mantiene fiel a los principios bíblicos. Este ideal también es una herencia del pensamiento paulino expresado en 2ª Timoteo 4:1-8. El apóstol Pablo no acude aquí a la necesidad de predicar con fidelidad la Palabra aduciendo gratitud o correspondencia al amor divino. Llama a hacerlo ante la inminencia de juicio y la posibilidad de recompensa escatológica para quienes predican con toda paciencia y doctrina, prosiguiendo con la sobriedad y fidelidad de quienes todo soportan, con tal de ser hallados fieles delante de Dios. Pero en el transcurso hasta la bienaventurada parousía muchos se desvían de la sana doctrina. Como no la soportan, la sustituyen por fábulas de maestros que no buscan la dirección de Dios, sino la de sus propias concupiscencias. El que busca la enseñanza de Dios recurre a la Biblia como normativa doctrinal y de conducta. El que busca la enseñanza de su propia concupiscencia lo hará a sus experiencias particulares y vivencias mistificadas, matizadas por interpretaciones descontextualizadas. La tragedia es que apartarse de la verdad es acercarse a la mentira. Cuando la Biblia deja de ser canónica para el creyente, es que éste ya abandonó la verdad, se acercó al error y puso su esperanza en fábulas originadas en la concupiscencia del hombre o en la voluntad del enemigo. Argumentando una revelación superior propia de hombres espirituales, algunos predicadores afirman tener una revelación exclusiva, la cual comparten con sus seguidores en una suerte de gnosticismo contemporáneo. Ellos mismos afirman que Dios les habló, les dijo o les enseñó alguna novedad o litúrgia que había permanecido oculta a todas las generaciones anteriores de fieles, desde los apóstoles hasta nuestros padres en la fe. En el sincero deseo por ser instrumento de bendición para los fieles, a ningún ministro pentecostal que se precie de serlo le gustaría ser impedimento para el libre fluir del Espíritu Santo. Antes, haría todo lo posible porque tal presencia manifiesta siempre estuviera presente. Pero algunos equivocan el camino y recurren a extravagancias con tal de encender el fuego en su congregación. Esto es igualmente cierto en aquellos ministros que han descuidado su vida espiritual o que han otorgado desmesurada preeminencia al área intelectual, sin cuidar el sano equilibrio conocimiento-devoción. Cuando son confrontados por la necesidad de la presencia manifiesta del Señor en sus vidas, dejan a un lado sus fundamentos doctrinarios y oscilan hacia el extremo contrario. Procuran nuevas experiencias espirituales para dar sentido a su ministerio. Todo impulso emotivo es permitido, así cedan en sus posiciones doctrinales para dar paso a una liturgia experimental, carente de fundamento bíblico. Una vez traspasados los linderos bíblicos para acceder a manifestaciones subjetivistas e irreflexivas, todo puede pasar. Desde guerras espirituales abíblicas, con sus gritos de guerra, de júbilo o de victoria, la risa santa, gemidos como dolores de parto, simulaciones del vuelo de águilas, bufidos como de búfalo y gorjeos como de bebé, hasta posiciones extáticas, de pie o de bruces en el suelo. El catálogo de novedades es extenso e incluye también las lluvias de oro, la aparición de aceite en las manos, sin olvidar las reminiscencias folclóricas de una cultura judía, como la danza coreográfica y la himnología marcial con todo y sus ademanes de guerra. Por supuesto que cada una de éstas tiene sus propios y ungidos maestros, con predicaciones novelescas que agradan al oído. Esta nueva liturgia agrega elementos visuales y corporales ajenos a la práctica bíblica, trasladando la experiencia espiritual de la fe a manifestaciones corporales, y asignándoles un carácter normativo y testimonial de la calidad de genuino del creyente. Es cierto que los avivamientos históricos y el surgimiento del pentecostalismo acarrearon la crítica del conservadurismo religioso de sus respectivas épocas. Pero hay que guardar las proporciones. La Reforma protestante, los grandes avivamientos de siglos anteriores y el pentecostalismo clásico, surgieron arraigados y como consecuencia del estudio detenido de la Biblia, no preconizando experiencias subjetivas. Aunque quisieran, los neopentecostales de hoy no son herederos de estas tradiciones, ni pueden serlo. Las primeras surgen y se deben a las Sagradas Escrituras. Las segundas pertenecen al orden de la experiencia y emotividad. Pero la confusión que siembran estas heterodoxias concupiscentes entre los fieles debe preocupar a todos los pastores del rebaño. No podemos permanecer ajenos, sin establecer una posición al respeto, porque seremos juzgados y demandados por nuestra fidelidad y defensa de la sana doctrina. Debemos hacernos oír porque no podemos enseñar otra cosa, sino la Palabra de Dios. Pretendiendo poner en evidencia a los fieles que se mantienen anclados en la Palabra de Dios, estos grupos faltos de pericia en los asuntos de la fe, practican un reclutamiento agresivo, de confrontación e inconsistencia doctrinal. Etiquetan a los arraigados en la Palabra como espiritualmente fríos u obsoletos. Practican una ministración de intolerancia, de ruptura. Por supuesto que las Asambleas de Dios son tolerantes con otras formas de expresión de la fe, pero no transigen ni hacen concesiones del tesoro doctrinario que resguardan. No obstante, las diferencias con quienes han preferido apartarse de la verdad para seguir a las fábulas no deben originar una guerra santa que nos haga perder de vista la identidad del verdadero enemigo de la fe. El embate de la adversidad de las corrientes erróneas no debe distraer de la esencia de nuestra encomienda: el evangelismo y el discipulado, hasta que el Señor regrese por su pueblo. Con sobriedad en todo, soportemos las aflicciones de los infieles, de los inconstantes y de los extraviados en sus propios razonamientos. Procuremos que cada uno de los fieles experimente un Pentecostés bíblico y permanente en su vida. Sigamos acometiendo con fidelidad y arrojo nuestra misión eterna. Así lo señala una porción del himno de las Asambleas de Dios de México:
Llenos de fe y amor haremos la labor, Con el mensaje fiel de salvación, de sanidad y de poder. Con denuedo anunciaremos que el Señor Levantará a su grey. Aunque soplen los vientos huracanados de las corrientes doctrinales con su prédica de manifestaciones espirituales heterodoxas, no nos moverán ni seremos confundidos. Tenemos la unción del Santo que nos enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, la cual está y permanece con nosotros, hasta el fin del mundo, 1ª Juan 2:27. Recuerde que puede consultar sobre diversos temas buscando alguna palabra relacionada que se encuentre en los artículos de la revista o en sus títulos. Asimismo puede buscar los artículos escritos por nombre o apellido del autor. Para ello, diríjase al ángulo superior derecho de la presente página |